Con
el ánimo de estimular artículos de creación
sobre la importancia de la lectura y el desarrollo del hábito
lector, la Fundación ha convocado, por cuarto año
consecutivo, el Premio Periodístico sobre Lectura. El
premio está dotado con 12.000 euros para el autor del
artículo y una escultura de Alberto Corazón para
el medio de comunicación en el que se publica.
El
jurado de escritores, reunido el 28 de octubre de 2003 con motivo
de esta cuarta edición, presidido por el académico
de la Lengua Luis Mateo Díez y compuesto por Josefina
Aldecoa, César Antonio Molina, Ana M.ª Moix, Alberto
Manguel ganador de la anterior convocatoria y Felicidad
Orquín, que actuó como secretaria, seleccionó
entre los trabajos recibidos el titulado Instrucciones para
enseñar a leer a un niño, del escritor vallisoletano
Gustavo Martín Garzo.
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El artículo apareció el 17 de abril en el suplemento
Blanco y Negro Cultural, del diario ABC. El jurado se decantó
por este artículo porque bajo la idea de que la escritura
es la memoria de las palabras, el escritor hace una hermosa reflexión
sobre el aprendizaje, la pedagogía y la experiencia de
la lectura.
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La
Fundación entrega a Gustavo Martín
Garzo
el IV Premio Periodístico sobre Lectura
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Cena
de entrega
Alrededor de
ciento cuarenta personalidades del mundo de la cultura, la política,
la economía y el periodismo asistieron a la entrega del
Premio Periodístico sobre Lectura que, al igual que en
las tres ediciones anteriores, tuvo lugar en el transcurso de
una cena, celebrada el 16 de diciembre de 2003, en el Hotel Palace,
de Madrid.
Acompañando
al escritor galardonado Gustavo Martín Garzo, y a su hija,
Elisa Martín Garzo Ortega, estuvieron presentes Germán
Sánchez Ruipérez; Fernando de Lanzas, director general
del Libro, Archivos y Bibliotecas; Francisco Javier Álvarez
Guisasola, consejero de Educación de la Junta de Castilla
y León; Carlos Baztán, director de Proyectos Culturales
de la Concejalía de las Artes, del Ayuntamiento de Madrid;
Álvaro Ballarín, director general de la Dirección
General de Archivos, Museos y Bibliotecas de la Comunidad de Madrid;
Isabel de Andrés, presidenta del Patronato Familiar de
la Fundación, y Fernando Rodríguez Lafuente, director
de Blanco y Negro Cultural, del diario ABC.
Igualmente
asistieron Antonio Albarrán y señora; Carmen Alborch;
Josefina Aldecoa; Juan Ramón Alonso; Andrés Amorós
y señora; Francisco Argüelles; M.ª Paz Arias;
Antonio M.ª Ávila; Juan Ramón Azaola y señora;
Pablo Barrena; Antonio Basanta; Ramón Besora; María
Luisa Blanco; Milena Busquets; José Antonio del Campo;
Carmen Caro; Juan Carrete Parrondo; Fernando Carro; Pedro Cerrillo
y señora; Michéle Chevallier; Valeria Ciompi; Alberto
Corazón y señora; Javier Cortés; José
Luis Cortés; Guillermo de la Dehesa; Ángel Durández
y señora; Juan José Echeverría; Julia Escobar;
Agustín Escolano; Eulalia Espinás; Matilde Fernández;
Manuel Ferro; Mercé Figuerola; Espido Freire; Víctor
F. Freixanes; Luis de Fuentes; Carlos García Gual; Jaime
García Padrino y señora; Miguel García Sánchez;
Ángeles García Vargas; Tino Gatagán y señora;
Ana Gavín; Miguel Ángel Gimeno y señora;
María
José Gómez Navarro; José Manuel Gómez
Rodríguez; Luis González Martín; Julio Grande
de Andrés; Ofelia Grande de Andrés; Ignaci Guardans;
José M.ª Guelbenzu; Hilario Hernández; Federico
Ibáñez; Juan de Isasa; Luis Landero y señora;
Manuel de Lope; Juan Lladó y señora; Juan Macua;
Teófilo Marcos y señora; Juan Tomás Martín;
Pepe Martín;
Silvia Martín; Javier
Martín
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Cabaña; José M.ª Martín Patino; Rafael
Martínez Alés y señora; Marta Martínez
Andina; Emiliano Martínez y señora; Juan Ignacio
de la Mata Gorostizaga; Ignacio Medrano y señora; Joao
de Melo; Isabel Menéndez; Juan José Millás;
Francesca Minguella; César Antonio Molina; Mercedes Monmany;
Josep Lluis Monreal; Rosa Mora; Esperanza Morais; Eugenio Nasarre
y señora; José Luis Navarro y señora; Felicidad
Orquín; Isabel Polanco; Miguel Ángel Pacheco; Carlos
Paramés Montenegro; Jesús Pardo y señora;
Amadeo Petitbó; Joaquín Pinto; Lorenzo Portillo;
José M.ª Puig de la Bellacasa; Eduard Punset; Javier
Rioyo; Antonio Roche; Luis Rodríguez; Manuel Rodríguez;
Isidro Rodríguez Plaza; Antonio Sáenz de Miera y
señora; José Ángel Sánchez Asiaín;
Manuel Sanglas i Muchart; M.ª Eugenia Santidrián;
Mauricio Santos; Javier Serrano y señora; Alejandro Sierra;
María Tena; Esther Tusquets; Jordi Úbeda; José
Miguel Ullán; Fernando Valverde y señora; Fermín
Vargas; Luis Vázquez; Roberto Velázquez; Teresa
Velázquez; Bartolomé Vicens Fiol; Magdalena Vinent.
Como ya es
habitual, el actor Pepe Martín leyó el artículo
merecedor del IV Premio Periodístico sobre Lectura que,
partiendo de una defensa de las palabras las cuales, según
Martín Garzo no son sólo manifestación
de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente
estimula a los adultos y, muy especialmente, a madres y padres
a leer cuentos a los niños, porque es importante
que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el
mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la
escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son
algo así como esa despensa donde se guarda todo cuanto
de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor.

Gustavo
Martín Garzo, Germán Sánchez Ruipérez
y Fernando Rodríguez Lafuente, que recoge la escultura
de Alberto Corazón
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Fernando
de Lanzas, Germán Sánchez Ruipérez y Gustavo
Martín Garzo

Hilario
Hernández, Ofelia Grande y Luis González Martín

Víctor
F. Freixanes y Luis Landero

Esther
Tusquets, Mª Luisa Blanco y Carmen Alborch

José
Ángel Sánchez Asiaín, Francesca Minguella
y Carlos Paramés

Eduard
Punset y Guillermo de la Dehesa
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José
M.ª Martín Patino, Antonio Basanta y Francisco Javier
Álvarez Guisasola
Lectura y perplejidad
Esta proposición de la incitación a la lectura fue
ampliamente compartida por Germán Sánchez Ruipérez,
quien comenzó su intervención recordando la defensa
que siempre ha hecho de la infancia como etapa fundamental para
la creación de los hábitos lectores. En ese
momento dijo en que las personas construimos nuestras
percepciones e ilusiones más íntimas, el libro y
la lectura deben ser nuestros compañeros inseparables.
Refiriéndose al escritor, destacó la singular virtud
de Gustavo Martín Garzo sólo propia de los
grandes creadores, de transformar en sensible todo lo que cuenta.
Se congratuló igualmente por la calidad literaria del artículo,
que engrandece no sólo nuestro Premio, sino también
el universo del libro, tan necesitado de voces que concedan a
la lectura ese valor insustituible que posee. Felicitó
también al jurado por su acertada elección, ya que,
según destacó, el artículo premiado posee
una desbordante sensibilidad, nacida de un lúcido
ejercicio de reflexión y plasmada en una narración
de magistral sencillez y belleza.
Asimismo,
se refirió al director del suplemento Blanco y Negro
Cultural, del diario ABC, Fernando Rodríguez
Lafuente, y ensalzó el trabajo del diario y del suplemento,
ya que ambos subrayó ABC y Blanco
y Negro, siempre han mantenido un compromiso ejemplar con
el mundo de la cultura. Y precisamente en el año de su
centenario, dicha vinculación se ha acrecentado aún
más si cabe, concediendo al libro y a la lectura el espacio
y tratamiento que merecen. Una dedicación añadió
a la que no es ajena, desde luego, la presencia en la dirección
de Blanco y Negro de nuestro querido Fernando Rodríguez
Lafuente, a quien felicito muy cordialmente, felicitación
que deseo, igualmente, hacer extensible a la labor del Grupo Vocento
por cuanto, día a día, hacen para la existencia
en España de una sociedad plena y frecuentemente lectora.
Por su parte,
el director del suplemento Blanco y Negro Cultural agradeció
la concesión del IV Premio en nombre de la presidenta y
editora, Catalina Luca de Tena, y del director de ABC, José
Antonio Zarzalejos. Rodríguez Lafuente alabó el
trabajo de la Fundación y de su presidente, señalando
que no es casual que la Fundación recibiera el Premio
Nacional al Fomento de la Lectura 2002, y que, semanas después,
su titular, Germán Sánchez Ruipérez, fuera
condecorado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas
Artes 2002, entregada por Su Majestad el Rey. Tras aludir
a la labor del Grupo Vocento y a la trayectoria del diario ABC
a lo largo del centenario recién cumplido, se refirió
a la Fundación como una institución de referencia
en la promoción del hábito lector entre niños
y jóvenes en España, y a la enorme labor investigadora
y documental sobre todo lo que rodea a la lectura en nuestro país.
Acabó su intervención dando las gracias a Gustavo
Martín Garzo por haber escrito algo tan rotundo sobre
cómo enseñar a un niño a leer, a ese niño
que, gracias a Gustavo, seguimos siendo, y bendito sea, todos
nosotros.
El escritor
Gustavo Martín Garzo, que reconoció estar abrumado
por los elogios y agradecido por el galardón, comenzó
su intervención refiriéndose a la trayectoria seguida
durante siglos por nuestra cultura, dominada por una visión
fatalista y desesperanzada del hombre, donde los libros
y la lectura han sido juzgados como causa de desvarío antes
que de goce o de conocimiento. Basta con recordar que uno de los
mitos de nuestras letras es don Quijote, alguien que se vuelve
loco, precisamente, por leer demasiados libros; claro que Cervantes,
al escribir su novela, no persigue sino denunciar esta actitud.
Y sin salir del universo de los clásicos, afirmó
que los buenos libros no sirven para nada en concreto, no nos
ayudan a comprender el mundo, ni nos hacen más sabios,
como mucho dijo los libros nos sumen en ese
estado tan cervantino que es la perplejidad. Aseguró
que no existen fórmulas ni guías posibles para hacer
que los niños lean más, porque a los libros
se llega como a las islas mágicas de los cuentos: no porque
alguien nos lleve de la mano sino, simplemente porque nos salen
al paso. Y de ahí, precisamente, según Garzo,
la importancia de la existencia de bibliotecas y librerías
que propicien ese encuentro con los libros. Aunque afirmó
el instante de la lectura pertenece sólo a la intimidad,
sólo en el silencio de la lectura los libros contarán
lo que son. Y definió el acto de leer como llegar
inesperadamente a un lugar nuevo, que, como una isla perdida,
no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos
prever lo que nos aguarda. Un lugar al que debemos entrar
en silencio y con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los
niños al entrar en una casa abandonada, a la que entran
por placer.
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Instrucciones
para
enseñar a un niño a leer
Gustavo
Martín Garzo
Conviene
empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación
misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable
que el futuro lector esté desde que nace rodeado
de palabras. No importa que, en esos primeros momentos,
no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese
mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une
a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco
irá descubriendo que las palabras, como el canto
de los pájaros o las llamadas del celo de los animales,
no son sólo manifestación de existencia sino
que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así,
muy pronto, si su madre no está a su lado echará
mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive
en un pueblo rodeado de montañas les pedirá
que le digan cómo es el mundo que le aguarda más
allá de esas montañas y del que no sabe nada.
Palabras
del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle
cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que
el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio
el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra
que la escritura es la memoria de las palabras, y que los
libros son algo así como esas despensas donde se
guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro
alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches,
mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas
alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que
existen palabras del día y palabras de la noche.
Las palabras del día tienen que ver con lo que somos,
con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra
respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el
mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése
es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto.
Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño
de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante
que es leer, porque entonces éste desconfiará.
La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba
de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así
los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura
tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y
tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos,
y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan
vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su
alrededor, saber que están ahí y que puede
leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan
que haga.
Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no
los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran
dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían
cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían
esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al
niño la opción de llevarse los libros cuando
nadie les viera. Pero lo más importante es que el
niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación,
pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las
mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta
en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación
que ésta puede ofrecer a su niño al mundo
de la lectura.
Jardín
secreto
Pero los libros son como aquel jardín
secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre
novela homónima: No basta con saber que están
ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos
permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta
nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En
la novela de F. H. Burnett es un petirrojo quien lo hace,
y gracias a ello la niña puede visitar el jardín
escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no
quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si
así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto
llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense
que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni
más inteligentes, ni siquiera más buenos o
compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que
adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una
sola línea y eso no les impidió concebir algunos
de los cuentos más hermosos que se han escuchado
jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más
necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos
sin darnos cuenta con nuestra vida.
Artículo
publicado en Blanco y Negro Cultural el 17 de abril
de 2003. ABC
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César Antonio Molina, Teresa Velázquez, Juan José
Echeverría, Julia Escobar y Joao de Melo

Esperanza
Morais, Federico Ibáñez, Emiliano Martínez
y señora y Josep Lluís Monreal

Isabel
Menéndez, Juan José Millás, M.ª Luisa
Blanco, Javier Rioyo, Felicidad Orquín, Josefina Aldecoa,
Isabel Polanco, Ángeles García Vargas, José
M.ª Guelbenzu y, de espaldas, Rosa Mora y Pablo Barrena
Gustavo
Martín Garzo. Datos biográficos
Nacido
en Valladolid, en 1948, el escritor Gustavo Martín Garzo
es licenciado en Filosofía y Letras, en la especialidad
de Psicología. Ha sido fundador de las revistas literarias
Un ángel más y El signo del gorrión.
Ha colaborado con sus artículos en los medios más
importantes del país, y ha participado en múltiples
congresos de literatura. Ha publicado numerosos relatos y novelas,
entre ellos El lenguaje de las fuentes (Premio Nacional
de Narrativa, 1994), Marea oculta (Premio Miguel Delibes,
1995), La princesa manca, La vida nueva, Na y Bel, El pequeño
heredero y Las historias de Marta y Fernando (Premio
Nadal, 1999). Sus últimas novelas son El valle de las
gigantas y La soñadora.
Ha publicado también, en la colección Las Tres Edades,
de Siruela, el libro para niños Una miga de pan,
con el que fue finalista en el Premio Nacional de Literatura Infantil
y, en la misma editorial, Tres cuentos de hadas.
Ha escrito también dos libros de ensayo, El hilo azul
y El libro de los encargos, en los que se ocupa, sobre
todo, de su amor por los libros y la lectura.
Ha sido traducido al francés, al griego, al danés,
al italiano, al portugués y al alemán. Su noveal
Le petit héritier fue finalista del prestigioso
Prix Mediterranée en 2003.
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