Seiscientos años del devenir de Peñaranda de Bracamonte

Documentos y fotografías que sacan a la luz aspectos curiosos, y algunos hasta ahora desconocidos, de la historia de Peñaranda de Bracamonte, desde sus remotos orígenes hasta 1836, formaron parte de una exposición que se realizó en octubre de 2003 en el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación.

 

Esos testimonios, procedentes de archivos nacionales y extranjeros, están incluidos en el libro Historia de Peñaranda de Bracamonte (1250-1836), realizado por las profesoras Ana María Carabias y Claudia Möller, de la Universidad de Salamanca. La publicación de esta obra ha sido posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Peñaranda, la Diputación Provincial de Salamanca, Caja Duero y la Fundación.

La investigación de las profesoras Carabias y Möller ha establecido un ineludible punto de partida para completar la historia de la ciudad. A través de un exhaustivo trabajo de depuración documental han conseguido fijar la historia espacial de la villa, han ampliado sustancialmente la cuestión del origen del señorío, han aclarado el intrincado asunto de las jurisdicciones, han establecido la genealogía señorial y también han ampliado el conocimiento que se tenía de la historia del arte de la ciudad.
Se trata del primer estudio riguroso que se hace sobre la villa, y recoge su historia desde mediados del siglo XIII, fecha de la localización de los primeros vestigios escritos sobre el asentamiento humano –necesariamente anterior– que derivó en la actual Peñaranda de Bracamonte, hasta 1836, año aceptado historiográficamente como el de finalización del señorío de Bracamonte.
Todos estos aspectos acerca de la actual Peñaranda de Bracamonte adquieren relevancia teniendo en cuenta que, salvo datos aportados por el historiador Franco Silva para el período del señorío medieval, todo era una nebulosa… “Antes de realizarse este trabajo –afirman las investigadoras– no teníamos idea de que un conde de Peñaranda hubiera sido presidente del gobierno español, que hubiera habido un peñarandino en la expedición que fundó la ciudad de Córdoba, en Argentina, o que tengamos dos santos entre nuestros antiguos vecinos".
De manera que a partir de ahora ya tienen su justo lugar en la historia personajes como Bernardino Fernández de Velasco, X conde de Peñaranda, que fue nombrado presidente del Consejo de Ministros el 6 de setiembre de 1838, Pedro Soria, que viajó en 1753 al Nuevo Mundo con Jerónimo Luis de Cabrera o los franciscanos Pedro Bautista y San Martín de la Ascensión, ligados al convento de Nuestra Señora de Gracia, canonizados tras su martirio en Japón.


El origen y la evolución del nombre de Peñaranda de Bracamonte

El origen del nombre de un asentamiento humano como el de Peñaranda de Bracamonte, situado en el cruce de una antiquísima red de caminos, se pierde en la historia y es difícil asociar su origen filológico –probablemente prerrománico– al del poblamiento.

Sin embargo, la primera huella escrita aparece en documentos relacionados con la repoblación del valle del Tormes, en la primera mitad del siglo X. “Según se lee en Sam Piro, el rey Ramiro, hacia el año 940 –afirman Carabias y Möller–, hallando el lugar de Penna despoblado por las guerras, lo repobló". Así pues, Penna –procedente del latín barbarizado de entonces– sería el origen del topónimo actual. Posiblemente fue creado por repobladores procedentes de Peñaranda de Duero, que le pusieron al nuevo asentamiento el nombre de su lugar de origen, entre los siglos XII y XIII.
Más precisiones: la villa no figura en la lista completa de aldeas que integraban la diócesis de Ávila en 1250 “pero sí en el testamento de don Domingo Martínez, obispo salmantino", fechado el 21 de enero de 1267. Este dato ha permitido al profesor Ángel Barrios afirmar que el asentamiento primitivo puede haber nacido entre 1250 y 1267. Peñaranda fue el topónimo exclusivo de la villa desde finales del siglo XV y durante la mayor parte del siglo XVI –afirman Carabias y Möller– pero gracias a la importancia que adquirió el mercado semanal que le concedió en 1375 el monarca Juan I, “los foráneos comenzaron a llamarla también Peñaranda del Mercado".

Ese impulso económico fue decisivo para la ciudad ya que –según señalan las autoras– “en los albores del poblamiento, Peñaranda no estaba bien comunicada: quedaba alejada de la vereda de la Calzada de la Plata, o La Guinea –que era como se conocía en la Edad Media esta vía romana, que unía Asturica Augusta (Astorga) con Emerita Augusta (Mérida)–.
La identidad de la villa no volvió a sufrir cambios a partir del real despacho de 31 de enero de 1602, por el cual Felipe III concedió el título de conde de Peñaranda a don Alonso de Bracamonte. De ahí proviene su actual nombre de Peñaranda de Bracamonte.


La creación del señorío

“El señorío de Peñaranda de Bracamonte tuvo como titulares a miembros de tres linajes: los Bracamonte, primero; los Fresno después y los Frías, por último" –señalan Carabias y Möller–. Sin embargo el seguimiento de las genealogías ligadas a los destinos de Peñaranda de Bracamonte no está exento de dificultades. Aunque, algunas cosas están claras. Por ejemplo, "todas las noticias corroboran que el linaje de los Bracamonte tiene su origen en Francia y que en España desemboca en varias líneas a partir del almirante Rubí de Bracamonte: una en la Corona de Aragón, de la que desciende –por ejemplo– el linaje de los conquistadores Fernández de Hijar y Bracamonte; y muchas otras distintas, a veces emparentadas, en la Corona de Castilla: la de Peñaranda, la de Ávila, la de Fuente el Sol (Valladolid), la de Sevilla, la de Islas Canarias, la de las Indias…"
A todos esos escollos se añade el de que muchos de ellos se llaman igual –hay cinco Juan de Bracamonte viviendo casi simultáneamente a caballo entre los siglos XV y XVI– o que no es unívoca la denominación de algunos de ellos. Uno de los ejemplos más representativos es el del famoso conde de Peñaranda, Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1592-1676) –entre otros muchos cargos consejero real, embajador, virrey de Nápoles…– "que se hacía llamar Gaspar de Bracamonte y Pacheco aunque en el ámbito nacional e internacional fuera conocido solo como Bracamonte" aunque en los círculos políticos de la época también le llamaran el Peñaranda.

De todos modos, es necesario remontarse al 10 de octubre de 1418 para asistir a un acontecimiento que según Carabias y Möller tiene una importancia decisiva para la ciudad. Ese día toma posesión de la villa y pronuncia el requerimiento de vasallaje a sus vecinos el mariscal Álvaro de Ávila, que a partir de entonces fue considerado el primer señor de Peñaranda. “Esto no es así en sentido estricto –aclaran las investigadoras– porque antes lo fue Alonso Rodríguez de Contreras, aunque sí lo fue quizá en cuanto al esfuerzo con el que logró poblar y favorecer la entonces aldea de Peñaranda". ¿Qué ocurrió, entonces, para que se le otorgara el señorío al mariscal? Sencillamente que Alonso Rodríguez de Contreras, tras mucho litigio familiar con su madre y su hermano Diego de Contreras, vendió a Ávila su parte –la mitad de la villa con su jurisdicción– y además requirió al concejo que lo aceptara como legítimo señor de la villa. Ávila era un personaje importante en el panorama político y militar del momento –precisan las autoras– y prueba de ello es que fue invitado a la proclamación de Fernando como rey de Aragón y a su posterior coronación.

En este punto la historia de la villa ofrece un dato curioso. Álvaro de Ávila se casa con Juana de Bracamonte (también llamada María), una de las hijas de Mosén Rubí de Bracamonte, almirante mayor de Francia, cuyo apellido quedaría ligado para siempre a la historia de la villa castellana. Sin embargo eso quizá no habría ocurrido si los cuatro hijos del primer señor de Bracamonte no hubieran decidido –por razones que el tiempo se ha encargado de preservar– anteponer el apellido materno al paterno, según la detallada investigación genealógica presentada por Carabias y Möller.

Aunque es imposible agotar aquí la importancia del señorío y sus múltiples avatares, incluso su disolución está plagada de curiosidades. “Se sabe –indican– que la supresión del señorío fue decretada por las Cortes de Cádiz el 22 de marzo de 1811". Sin embargo, a pesar de la proclama de las Cortes Constituyentes, de 23 de agosto de 1812, no lograron realizarlo. La clave está en que "la importancia capital de la ley radicaba en la abolición de los señoríos en su elemento patrimonial, o sea, en la posesión de la tierra y en la percepción de tributos y rentas". En todo caso “el señorío de Peñaranda fue perdiendo poder adquisitivo, privilegios y derechos hasta la disolución definitiva que –advierten las investigadoras– no tuvo lugar en 1836, que es la fecha libresca emblemática [cuando las Cortes Constituyentes restablecieron las leyes abolicionistas de 1811 y 1823], sino después… en un momento que aún falta por investigar".


El mercado de los jueves

La importancia de Peñaranda como un “lugar de mercado y trasiego de personas" viene de antiguo y se ha mantenido como parte de su identidad hasta nuestros días. Efectivamente, “con los años, el mercado de los jueves se constituyó en la seña de identidad por excelencia de la villa, hasta el punto de que –según la enciclopedia Espasa– la expresión llevar a Peñaranda significó durante años familiar y figuradamente empeñar, haciendo patente así el sentido comercial del lugar".
La conclusión más importante a la que han llegado las investigadoras al estudiar este proceso es que “Peñaranda fue, desde el principio, un centro eminentemente comercial y que, como villa señorial, el monopolio de la explotación del mercado
perteneció al señor: era el dueño de los beneficios de la compra-venta, como propietario de las alcabalas y parte de los cientos; dueño para nombrar a los fieles y a los mayordomos del concejo –bajo cuya responsabilidad directa este mercado se efectuaba–, y dueño de los pesos y medidas que en él se empleaban".


La condición social de los peñarandinos

La historia de un lugar quedaría incompleta sin noticias sobre sus habitantes, la gente que en definitiva construye el tejido de la microhistoria en cada etapa. Por eso las investigadoras se han empeñado en responder a sencillas preguntas como ¿a qué se dedicaban? o ¿cómo vivían? los habitantes de Peñaranda en aquellos tiempos. Para Carabias y Möller es evidente que “el modelo social más valorado es el nobiliario". “La nobleza –explican– goza de privilegios políticos y judiciales; la adquisición de la nobleza era un ideal en la mente de casi todos, pero no constituía un grupo homogéneo, sino que existía una fuerte gradación entre el más alto honor del que disfrutaba un título –desde tiempos de Carlos V–, hasta el mínimo del hidalgo".
Por aquel entonces, aunque la condición de la alta nobleza solía asociarse con la riqueza “la posesión de medios económicos no era un requisito previo para gozar de la condición nobiliaria –advierten–. Los señores de vasallos no eran una categoría nobiliaria; podía heredarse o comprarse una jurisdicción o una villa sin ser noble". Es más, los señores de Peñaranda lo hicieron varias veces antes de tener un título. No obstante, la posesión de un señorío continuó siendo un requisito previo para acceder a un título. Es así como el señor de Peñaranda, tras varias generaciones, consiguió el título de conde y cuando la casa de Bracamonte se unió a la de Frías, su titular también disfrutó de los títulos de duque y marqués sobre distintos territorios".
Los señores de Peñaranda se comportaron como casi todos los miembros de la nobleza cuando accedieron al título de conde: dejaron de vivir en la villa y fijaron su residencia en la Corte, al acecho de prebendas. Y las obtuvieron, como señalan Carabias y Möller, no sólo en forma de nombramientos para oficios de gran responsabilidad política, sino también al ser distinguidos con el título de grandes –llamados los primos del Rey– lo que conllevaba poderío e influencia social. No sólo compraron tierras y vasallos sino títulos nobiliarios. “Aunque no hemos encontrado el recibo –aseveran las investigadoras– es prácticamente seguro que don Alonso de Bracamonte consiguió tal designación tras ingresar una suculenta cantidad de ducados en las arcas de Hacienda".

En la pirámide social de Peñaranda, en cambio, no hay muchos hidalgos.
“Los hidalgos, el sector más bajo de la nobleza –explican las autoras–, adquieren valor como grupo social en el siglo XVI, pero es muy difícil encontrarlos y contarlos en las fuentes peñarandinas, porque no se conservan registros de población en los que se especifique esta u otra condición, salvo la de pechero [por estar sometidos al mayor rigor tributario y privados de todo privilegio], como si sólo interesara computar al que tenía obligaciones tributarias. Oficialmente el hidalgo es el que no pagaba pechos, impuestos directos…" Por tanto es difícil saber cuántos hidalgos había en la villa porque los recuentos de población disponibles no recogen el nombre o el número de los exentos de pago fiscal. En el donativo real de 1636, que computaba el total de la población de la villa –consignan las investigadoras–, sólo quedó reflejada la condición de hidalguía en un caso, y más como apodo que como otra cosa (Jusepe Rodríguez, el hidalgo, de profesión oficial zapatero)."

Las historiadoras han comprobado también que un grupo creciente en esta villa era el del clero, tanto secular como regular. Sus miembros tenían muchas ventajas fiscales y sociales –aseguran– “y estas circunstancias hacían muy apreciables estas plazas sobre todo en momentos de crisis económicas". En cambio, "sólo hubo un convento femenino, el de las madres carmelitas descalzas" con un dato inicialmente curioso: el número de monjas siempre era menor que el de frailes. Las autoras afirman que se debía a motivos económicos, ya que a las mujeres se les exigían dotes relativamente elevadas. Pero señalan como excepción precisamente a este convento de Peñaranda, "donde casi todas las que ingresaron en los primeros años lo hicieron de balde."

A pesar de que no se mencione con frecuencia, la esclavitud estuvo vigente en España hasta su abolición en 1880. Por eso las autoras han querido señalar un dato peculiar, dado que en Peñaranda “no se refleja la existencia de esclavos más que esporádicamente y como parte de la propiedad señorial". En 1418 –dicen– encontramos “el caso de un moro que llaman Muhamed que fue usado como moneda de cambio en la compraventa de la villa.” No aparece otro rastro de ellos hasta finales del siglo XVI, cuando la suegra del señor de la villa y viuda de don Juan de Bracamonte, doña Ana Dábila y Córdoba, otorga carta de poder a Juan Bautista de Bustamante, vecino de Sevilla y estante en Peñaranda, para vender a Cristóbal…" La descripción que la señora hace de su esclavo es bien detallada: “es de color negro atezado que se llama Cristóbal como de hedad de treinta y quatro años poco más o menos de buen cuerpo, patibieso y barbado, con una senal de herida en la sien izquierda…". Las autoras suponen que Cristóbal no fue vendido en ese primer intento por el hecho de que cuatro años más tarde el señor de la villa apoderó de nuevo a otro individuo para vender un esclavo y eso “sugiere la posibilidad de que fuese el mismo".


Un caso especial: los judíos y los moriscos


Basándose en las aportaciones de otros investigadores como Carrete y García Casar, las historiadoras Carabias y Möller aseguran que Peñaranda es “uno de los veinticuatro asentamientos salmantinos judíos localizados". Hay datos ciertos de que hubo una judería, es decir una simple agrupación de judíos, más que una aljama que era, en cambio, una comunidad suficientemente documentada y organizada desde el punto de vista jurídico.
Tampoco los judíos de la región se libraron de lo que ocurría en el resto de la España de entonces. Pero en Peñaranda ocurrió algo diferente. Si bien poco a poco “eran excluidos de las labores de arrendamiento de tributos, acusados colectivamente de haber influido en las turbulencias políticas castellanas desde mediados del siglo XIV, mientras en muchos lugares se enfrentaban a la tesitura de la conversión, huida o muerte, el señor de Peñaranda –revelan las autoras– les abrió las puertas de la villa y les regaló una calle para que fijaran su asentamiento y sinagoga."
Esto les ha permitido deducir que “los judíos formaron parte del proceso repoblador peñarandino, aunque de forma muy tardía". Tampoco se puede asegurar cuándo se asentaron los judíos en la Villa. Sin embargo, las autoras han podido determinar su presencia desde 1464, ya en esa fecha aparecen pagando impuestos. Una donación de terrenos de Álvaro de Bracamonte, segundo señor de la villa, entre 1479 y 1486 contribuyó al “impresionante aumento" de judíos en la localidad –como reflejan las autoras– incluso bastante tiempo antes de la expulsión general de 1492. No sólo fue importante su número sino su capacidad económica ya que ha quedado constancia de que “eran tan ricos como para pujar por las rentas más cuantiosas de Peñaranda". No se sabe qué pasó tampoco con sus propiedades tras la expulsión.


La expulsión de los moriscos

Muy diferente ha sido para las autoras documentar la expulsión de los moriscos a principios de 1610. Aunque no ha sido posible determinar con precisión desde cuándo vivían en Peñaranda en cambio quedó profusa constancia notarial de su situación, bienes y circunstancias en las que iban a emigrar “desde los primeros decretos de expulsión".
En esos documentos se refieren a ellos como “moriscos granadinos", detalle por el que “cabe imaginar que la mayoría llegaran como consecuencia del reparto controlado que se realizó de ellos por la Corona de Castilla a raíz de la revuelta morisca de las Alpujarras, en Granada (año 1571)", explican Carabias y Möller.
Dado que la normativa sobre la expulsión les obligaba a realizar una relación ante notario de personas y haciendas, y a ello procedieron el 30 de enero de 1610, las investigadoras destacan el inestimable valor histórico de aquellos registros. Por ellos se ha podido conocer qué bienes había en cada una de aquellas dieciséis casas y cuántos miembros componían aquellas familias, que en total sumaban setenta y tres personas: dieciséis varones cabezas de familia, y cincuenta y siete mujeres, niños y criados..." También ha quedado constancia de que la comitiva de moriscos estuvo a cargo de las autoridades abulenses que designaron a Bernardino de Velasco, conde de Salazar y comisario general de Infantería, para preparar la expedición y acompañar a los expulsados hasta la frontera francesa, previo embarco en Cartagena.


Historia de Peñaranda de Bracamonte (1250-1836)
Claudia Möller y Ana María Carabias
Ediciones de la Diputación de Salamanca
Ediciones Bracamonte
640 páginas
ISBN 84-7797-202-8

El texto completo está disponible en la web de la Fundación:
www.fundaciongsr.es/documentos/historia/default.htm

Subir

Menú inicial
Siguiente